África: la crisis no es excusa.

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Cunde el pánico entre numerosas ONG’s, organizaciones de mujeres, grupos progresistas y buena parte de los partidos de izquierda por la reducción o, incluso, la suspensión del porcentaje de cooperación para ayuda al desarrollo que actualmente planea en el panorama internacional. Si el compromiso del 0,7% se antoja una quimera para algunos gobiernos de la Unión Europea, no hablemos ya de evitar la disminución de este porcentaje y, mucho menos, su aumento. La estrechez de miras y la miopía de ciertos gobiernos neoliberales y conservadores europeos es, sencillamente, escandalosa. El desarrollo de continentes como África, y remarco éste último, debe convertirse en una cuestión de Estado para los países más ricos, sencillamente, porque de ello depende la supervivencia de más de la mitad de la Humanidad y, por si alguien necesita motivos más egoístas, por la propia estabilidad de los países más pudientes. España, por su singular situación geográfica en el mapa europeo, es quien menos debe mirar hacia otro lado en esta cuestión.

El actual Gobierno socialista, destinando el 0’7% en ayuda al desarrollo, es quien tiene un papel preponderante en este terreno. Los gestos institucionales adquieren en este plano un valor fundamental y, en este sentido, no podemos dejar de reseñar el interés por ligar las políticas de cooperación al desarrollo al Estado, a través del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación. Creo que el nombre completo de éste último ya es, de por sí, suficientemente elocuente. Ello, junto con la iniciativa de la Alianza de Civilizaciones cuyo principal impulsor y valedor ha sido, en buena medida, José Luis Rodríguez Zapatero, imponen a España una línea de actuación jalonada de compromisos ineludibles. La actitud es, en general, hoy por hoy y a mi juicio, la adecuada pero, a su vez, el mantenimiento de la coherencia se antoja un reto en esta materia, teniendo en cuenta la coyuntura económica en la que el mundo, sin excepción, se encuentra.

La pasada semana, Trevor Manuel, Ministro de Finanzas surafricano, comunicaba lo que sin duda parece un mal augurio. El que muy probablemente sea uno de los políticos más influyentes de su país, que padeció cárcel y represión formando parte del Congreso Nacional Africano (CNA), apuntaba a una crisis económica que para el continente africano puede significar el colapso político e institucional. Siendo así, conflictos como el de Somalia, el Congo o Sierra Leona pueden verse recrudecidos, por no hablar de las “ramificaciones” de los conflictos ya existentes, esto es, que, por ejemplo, el conflicto del Congo sea “exportado” a Ruanda -de hecho, el conflicto del Congo se desató en buena medida a raíz de las guerras de origen étnico en Ruanda- o que las guerrillas islamistas en Somalia terminen por trasladar esa lucha a Sudán. En Suráfrica, el país más rico de este continente, puede ver resurgir en su seno los viejos fantasmas de la xenofobia y del racismo.

Uno de los grandes problemas que ha de afrontar el conjunto del continente respecto a esta crisis es la persistencia tenaz de modelos heredados del colonialismo, según el testimonio de Trevor Manuel. Creo, sin embargo, que las relaciones económicas existentes en África con otros países ajenos al continente son de carácter colonial en cuanto a los mecanismos de focalización de la producción con fines a su exportación. Pero las relaciones internaciones en sí mismas, cada vez más directamente ligadas a la economía, se antojan algo más recientes puesto que proceden de los modelos de penetración en el continente de las distintas potencias de los dos grandes bloques surgidos durante la Guerra Fría y que trataron por diferentes medios de influir en la distribución de fuerzas y zonas de influencia durante los procesos de descolonización a lo largo de buena parte de la segunda mitad del siglo pasado. En este contexto, la influencia china, que durante la Guerra Fría necesitó abastecerse de productos en diversos países africanos a la vez que aprovechaba para extender su influencia política a costa de los países occidentales pero, sobre todo, en detrimento de la URSS, ha dejado a los países especializados en la producción y comercialización de un producto determinado en una situación delicada.

África poseía una riqueza mineral considerable, por lo que vivió una época de relativa bonanza cuando la gigantesca producción china demandaba cierto tipo de minerales. Estados Unidos se convertía, a su vez, en el comprador líder de productos chinos. No obstante, debido al sensible descenso de la demanda norteamericana recientemente, China ve caer en picado su producción y, a su vez, cesa de demandar materias primas y minerales a África. Conclusión: mientras que las economías se colapsan o caen hasta límites realmente preocupantes, el continente africano se hunde, literalmente. En Europa, el descenso del consumo de coches o casas, incide directamente en la demanda de aluminio o cobalto, que en buena medida procede, también, de África. Desde hace una década, los países de este continente parecían contar con una tabla a la que aferrarse en tiempos inciertos: el dinero que aquellas y aquellos que habían emigrado a Europa pudieran enviar a sus parientes en su país de origen. En el caso de España, la inmensa mayoría de la inmigración subsahariana lograba un empleo relativamente estable como para enviar remesas a sus países de origen en el sector de la construcción. Con la caída en picado de dicho sector, las cifras de paro entre sus trabajadores comienzan a ser francamente preocupantes. En el resto de la Unión Europea, el panorama tampoco era excesivamente halagüeño antes de que la burbuja inmobiliaria estallara en España. Las trabajadoras y trabajadores africanos pronto se vieron compitiendo, en diversas ocasiones, por los mismos puestos que los autóctonos como pueda ser el caso de Francia.

Por ello, al paro se uniría una tendencia proteccionista en lo que al mercado laboral se refiere y, más peligroso aún, a repuntes xenófobos. A todo ello se podría sumar, de manera hipotética pero plausible, el cese de la ayuda directa de los países ricos. Representantes del C-10 como Trevor Manuel, recordaban que los países más favorecidos habían cumplido poco menos de la mitad de aquellos objetivos fijados en la cumbre de 2002. Si esta situación se ha venido dando cuando se nadaba en la abundancia, no sorprendería que, tácitamente y sin previo aviso pero con toda intención, los países económicamente más avanzados terminaran por olvidarse por completo de sus compromisos, dando definitivamente la espalda a África. España tiene que destacarse, no obstante, no sólo por ser un país europeo que rechace tomar el camino fácil, sino, además, el que lidere la cooperación al desarrollo. Por ahora se sigue cumpliendo con el 0’7% y, por su parte, Juventudes Socialistas de España (JSE) predica con el ejemplo firmando un convenio con Solidaridad Internacional, ONG que financia proyectos de desarrollo en las regiones más deprimidas del continente, sobre en lo que se refiere a infraestructuras.

Considero, modestamente, que España debía elevar su porcentaje destinado a cooperación al 0,12% antes del próximo año. Y, por supuesto, convencer a sus socios de la Unión de que se unan a esta medida. Por si a alguien todavía las razones humanitarias no le bastan, insisto: se trata de invertir en futuro para unas relaciones internacionales más iguales y pacíficas, para combatir el crimen organizado orquestado en torno al tráfico de personas en los procesos migratorios y que salpica a España más acusadamente, por la seguridad y la justicia social en nuestro país y en los de nuestro entorno, para asegurar mayores cotas de bienestar entre todas y todos los trabajadores sean inmigrantes, autóctonos o españolas y españoles de primera generación. La crisis ya no es una excusa, debe ser nuestro acicate.

José Joaquín Pi Yagüe.

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