
Estatua de Nicolás Maquiavelo (Galleria degli Uffizi, Florencia).
Se puede considerar a Maquiavelo como el fundador de la Filosofía política en tanto reflexión del oficio político y su acción desde un estudio histórico de grandes figuras de exitosos gobernantes. La principal, original y genuina tesis, de la que resulta preciso estudiar todo aquello que entraña, es la desvinculación de la esfera política de la ética para contemplar un buen uso del delito, es decir, el político no siempre tiene que hacer el bien, si no que puede también hacer el mal, aunque no necesariamente. Esto no es distinto a decir que cualquier gobernante está legitimado a hacer uso del mal en determinadas circunstancias. De este modo se puede contemplar un nivel que va más allá de la ética como justificación de las acciones y conducta del gobernante (príncipe) creándose una nueva relación entre ética y violencia. ¿En qué consiste el buen uso del delito?, ¿cuáles son esas circunstancias que legitiman al gobernante a hacer el mal?, y ¿en qué consiste esa nueva relación de violencia y ética?
La conducta del gobernante tiene un principal objetivo para Maquiavelo, a saber, “la necesidad de asegurar la propia posición” (El Príncipe: VIII). Es por ello que todas las acciones buscarán este mismo fin, tomando como medio todo aquello que haga el príncipe, subordinando toda acción a esta máxima. Esto resulta de especial interés cuando un gobernante se encuentra (o se va a encontrar) ante una crisis en su Estado, bien porque acabe de fundarlo, bien porque sus súbditos se vayan a sublevar… ésta debe ser, y no otra, la clave con la que hay que leer el texto del autor. Esta máxima no solo engloba acciones buenas, morales y éticas provenientes de la virtud tradicional, si no que además entraña el delito, la violencia y la imposición por fuerza siempre y cuando persiga el fin citado, o dicho de otro modo, en el momento en que peligre la situación de un gobernante está legitimado a actuar sea cual sea la acción que necesita para mantenerse. Por ello sugiero para estas acciones la terminología “acción de estado”, en tanto que responden a una razón de estado y para poder distinguirlas de las propias de la ética y la moral. Reformulando lo explicado, un gobernante puede llevar a cabo una acción de estado para mantener su gobierno, pero, ¿es válida todo acción? En un momento se podría pensar que de eso se trata precisamente, pero no es así.
El hecho de que el príncipe en las circunstancias de crisis este legitimado al mal no entraña que todo valga en su conducta delictiva, pues toda acción ha de estar enfocada al fin de mantener la posición, es decir, no cabe albedrío en los delitos: un gobernante no puede delinquir según sus caprichos. De hecho Maquiavelo señala que “cuando se conquista un estado, el que lo ocupa tiene que pensar cuáles son los ultrajes que va a tener que cometer y hacerlos todos de una vez, para no tener que cometer uno nuevo cada día” (El Príncipe: VIII), esto es, no puede si no emplear una estrategia al hacer el mal para evitar así el vicio y adicción que supone la mala acción hablando en un sentido tradicional. Toda mala acción será útil en este sentido, es decir, de algún modo se dan consideraciones éticas en la conducta del príncipe pues no se trata de ningún modo de una injustificada legitimación para hacer el mal. Es por ello esencial estudiar la circunstancia y contemplar que tipo de acción que ésta demanda.
Pero, ¿por qué resulta útil para el gobernante la fuerza, la violencia, el delito, la astucia… a fin de cuentas lo que es el mal?, ¿cómo vincular la mala acción con la máxima de Maquiavelo, o lo que es lo mismo, cómo la mala acción puede estar enfocada a la necesidad de asegurar la propia posición del príncipe? Resulta necesario centrarse en este aspecto y explicarlo para no efectuar un abuso en tanto mal uso del pensamiento de Maquiavelo. He adelantado que toda acción del príncipe ha de ir enfocada a la consecución de un fin, a saber, el mantener su status. El hecho de que Maquiavelo acuda a la violencia se debe al escepticismo que mantiene en la posibilidad de perfección de la naturaleza humana, a la ineficacia de las leyes como reguladoras y fundamentalmente a la necesidad de establecer estabilidad basada en el gobierno del mismo príncipe, principal razón de estado.
Ahora bien, son razonables las dudas acerca de la conexión del la acción inmoral con dicho fin. Es por ello necesario analizar esta relación. La clave es contemplar, tal como lo hace Maquiavelo, que hay circunstancias extraordinarias que precisan de la crueldad, de la injusticia, de la mentira y de la violencia cuando las virtudes convencionales no son suficientes y se produce un defecto de uso. El principal objetivo del uso de las mismas es objetivo el remontar una situación o incluso la superación de crisis y la preservación del orden civil que entrañan de algún modo el fin último que es el preservar la situación el mismo príncipe, el dar una imagen pre-configurada, o lo también denominado como ilusionismo político, que toma forma en los actos que desempeña: alcanzar el temor, pero no el odio; sofocar reacciones que puedan degenerar en enfrentamientos y sublevaciones que pongan en entredicho la estabilidad del estado y del gobierno. Mantener imagen, eliminar problemas internos y externos al estado… asegurarse la posición al fin y al cabo en tanto que supresión de elementos desestabilizadores.
Se genera una nueva relación entre violencia y ética: el gobernante. El gobernante se sitúa “más allá del bien y del mal” para alcanzar un ámbito de acción mucho más amplio que el que tiene el gobernante que se ata y ancla en la ética cristiana pues es contemplado como un defecto de acción. Consiste en dar nuevos límites, un delimitar de nuevo, un redefinir el ámbito de lo que es legítimo en la conducta del príncipe. El príncipe educado por Maquiavelo no solo puede actuar conforme la ética cristiana, si no que puede hacer uso de la violencia siendo de algún modo complementarias y no excluyentes tal y como se entienden en el modo clásico. En la acción de estado, aquella que solo puede ser planeada, calculada y efectuada por el príncipe se incluyen la acción ética, destinada para los momentos en los que se precise la acción ética, y la violencia, en aquello que se necesite de la mala acción y del delito. Se da una nueva definición del delito en tanto que útil y por ello se redefine la relación con la ética. Pretende mostrar y demostrar que al igual que se tenía por certero que la ética, virtudes y valores especialmente cristianos eran esenciales en la acción política, también lo es la violencia analizando la legitimidad y la mediatización a la que se vincula.
Después de expuestas las líneas generales de “El Príncipe” no es válida la tesis, o al menos desde mi parecer, que se atribuye del pensamiento de Maquiavelo de que el fin justifica los medios, o no lo es al menos sin ciertas consideraciones. Habrá que ajustarla ya que el único que puede aplicar esta máxima es el príncipe o el gobernante, y no a cualquier fin, si no uno muy determinado, el de preservar su posición como príncipe. Solo si se entiende de este modo de que el fin justifica los medios se estará en posesión del pensamiento de Maquiavelo.
Alejandro Rodríguez Peña.



